lunes, 9 de julio de 2012


2

 Si nos preguntaran en éste momento si estamos seguros de nuestro amor por nuestra pareja lo más probable que es dijéramos que sí, pero no todos tenemos la misma intensidad, ni la misma duración para ello.
Ni siquiera podemos estar seguros de aquella afirmación “nada es para siempre” ¿Quién lo dice? Si bien es cierto que es difícil, más en ésta época, mantener en el tiempo una pareja, (y muchas otras cosas también) nadie puede afirmar que el amor no pueda ser eterno. El amor de un padre a un hijo o viceversa sí suele ser eterno (siempre y cuando éste haya sido criado de determinada manera y con determinados valores).
 Se dice que, más allá de que uno tenga tal o cual forma de vida, uno es quien elige la forma en la que la encaminará, uno elige como ser, uno elige como enfrentársele a la vida, a la muerte y a las demás personas que habitan éste planeta.
Podemos sí, culpar a los demás por muchísimas cosas, pero nunca por cómo nos relacionamos con ellos o por como enfrentamos la vida. Eso es propio de uno, y es uno quien elige como encarar al mundo. Así también como es propio del individuo decidir si vale la pena o no esforzarse para que dure eternamente.
 Kundera dice una y otra vez, en su libro, que para que algo tenga peso en ésta mundo debe ser repetido tantas veces como sea posible, porque sino se transforma en algo leve.
 Y vayamos a una realidad, ¿quién quiere que su vida por éste planeta sea “leve”? Que nadie lo recuerde, que su paso haya sido en vano y tan fantasmal que a duras penas alguien le recuerde. Mentiríamos si dijéramos que queremos eso. La mayoría queremos perdurar en lo eterno, en la mente de la gente por generaciones y generaciones. Saber que nuestro paso por aquí fue productivo, que ha dejado algo importante o al menos algo por lo que deban, o quieran, recordarnos. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario