lunes, 9 de julio de 2012


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 Si nos preguntaran en éste momento si estamos seguros de nuestro amor por nuestra pareja lo más probable que es dijéramos que sí, pero no todos tenemos la misma intensidad, ni la misma duración para ello.
Ni siquiera podemos estar seguros de aquella afirmación “nada es para siempre” ¿Quién lo dice? Si bien es cierto que es difícil, más en ésta época, mantener en el tiempo una pareja, (y muchas otras cosas también) nadie puede afirmar que el amor no pueda ser eterno. El amor de un padre a un hijo o viceversa sí suele ser eterno (siempre y cuando éste haya sido criado de determinada manera y con determinados valores).
 Se dice que, más allá de que uno tenga tal o cual forma de vida, uno es quien elige la forma en la que la encaminará, uno elige como ser, uno elige como enfrentársele a la vida, a la muerte y a las demás personas que habitan éste planeta.
Podemos sí, culpar a los demás por muchísimas cosas, pero nunca por cómo nos relacionamos con ellos o por como enfrentamos la vida. Eso es propio de uno, y es uno quien elige como encarar al mundo. Así también como es propio del individuo decidir si vale la pena o no esforzarse para que dure eternamente.
 Kundera dice una y otra vez, en su libro, que para que algo tenga peso en ésta mundo debe ser repetido tantas veces como sea posible, porque sino se transforma en algo leve.
 Y vayamos a una realidad, ¿quién quiere que su vida por éste planeta sea “leve”? Que nadie lo recuerde, que su paso haya sido en vano y tan fantasmal que a duras penas alguien le recuerde. Mentiríamos si dijéramos que queremos eso. La mayoría queremos perdurar en lo eterno, en la mente de la gente por generaciones y generaciones. Saber que nuestro paso por aquí fue productivo, que ha dejado algo importante o al menos algo por lo que deban, o quieran, recordarnos. 
Plum Glisse 


Parte 1 Desencuentro

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 Entró en el bar y se sentó suavemente, deslizando su pollera en la oscura madera de la silla. Se sacó rapidamente el abrigo y lo colgó en el respaldo. La atendió un mozo amable de unos 50 años, alto, canoso y parecía tener apuro. Ella simplemente ordenó un té y de su cartera sustrajo un libro “La insoportable levedad del Ser” de Milan Kundera y como si no quisiera perder ni un minuto más en ésta tierra, se sumergió en él, y dejó de prestarle atención a lo que acontecía a su alrededor. Él estaba sentado a más de cuatro mesas enfretadas a ella, pero de espaldas. Iba acompañado de una mujer. No paraban de charlar, y él estaba comenzando a enfurecerse. La mujer le reprochaba el poco tiempo que le dedicaba y que su trabajo comenzaba a agobiarle. El hombre era apuesto, no llegaba a los 40 años, tenía tez trigueña, ojos negros y pelo oscuro y lacio. Tenía una buena contextura física, medía 1.80 y unos rasgos muy finos en su cara. La mujer que lo acompañaba era más bien de tez blanca, colorada, de rasgos algo bruscos, y ojos claros. No dejaban de discutir, y cada vez su voz se alzaba más. Varias personas cercanas a su mesa comenzaban a preocuparse y mirarlos con cierto temor. Él lo notó, por lo que silenció, tomó su abrigo, dejó dinero en la mesa y se levantó sin emitir palabra alguna. La mujer rubia se quedó sentada, sin entender qué había sucedido. Milena se desconcentró de su libro al oír semejante barullo y pronto lo vio saliendo por la puerta principal y miles de recuerdos inundaron su cabeza. Tuvo que abandonar su lectura, ya que los pensamientos volvían una y otra vez a interrumpirle. Era una mujer de unos 30 y pico, de pello castaño, largo y ondeado y ojos del mismo color. El bar que yacía en una esquina importante de ésta bellísima ciudad, quedó por varios segundos mudo mientras Facundo salía apresuradamente de éste. Pero al cabo de unos instantes la gente se reincorporó y el barullo habitual volvió a la vida.